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Nunca abolimos la esclavitud

  • Rosa Burgos Ruiz
  • hace 4 días
  • 6 Min. de lectura

Hace un par de días encontré en los medios un artículo sobre la culminación de las subidas de la edad de jubilación en España. Desde el año 2027 será necesario trabajar hasta los 67 años, o solo hasta los 65 habiendo cotizado un mínimo de 38 años y 6 meses, para poder jubilarnos con nuestra pensión intacta. Esto es, en el hipotético caso de que lleguemos si quiera a tener pensión, al menos desde la generación Milennial en adelante.


En cuanto lo leí, a través de redes sociales, tuve que dar mi opinión en menos de 280 caracteres, “Nunca abolimos la esclavitud”, pero creo que este tema merece que le dedique unas cuantas palabras más. Desde la perspectiva de una persona preocupada por los derechos laborales y los trabajadores como clase social, no puedo aceptar que debamos pasar la mitad de nuestras vidas preparándonos para trabajar y, la otra mitad, efectivamente, trabajando para el capital.


Vivimos en una sociedad que funciona como una rueda. Desde el año de vida, si tienen suerte, o desde los 4 meses de edad, los niños comienzan la educación reglada, de la que salen, si son aplicados, con 22 o 23 años, y si deciden no perseguir estudios superiores, con 18. Con esa edad, en cualquier caso, nos han dicho a todos que debemos tener claro qué hacer con nuestra vida, saber qué carrera queremos estudiar, qué formación profesional o en qué comenzar a trabajar. Lo que nos están diciendo, en realidad, es que debemos elegir a qué estructura someternos, pero no hay otra opción que no sea el sometimiento.


Es cierto que la educación reglada tiene una enorme utilidad, yo misma continúo mis estudios realizando ahora un doctorado, pero también tiene una cara negativa. Igual que nos ayuda a establecer nuevas conexiones en nuestro cerebro, nos enseña nuestra cultura y nuestra historia y desarrolla nuestra capacidad crítica, también es un instrumento de control de las masas. La calidad de la educación pública, que al final es la que más nos concierne como clase trabajadora porque es la gran democratizadora de la sociedad, ha ido bajando progresivamente en los últimos años, atacada por los diversos gobiernos de España, tanto estatales como autonómicos, no solo a través de privatizaciones y desvíos de fondos para dedicarlos a otros menesteres, sino también a través de leyes educativas que cada vez exigen menos al alumnado y más burocracia sin nuevos sueldos al profesorado.


Tampoco podemos olvidar que esta educación no es sino el camino de baldosas amarillas hacia el futuro laboral. Es un debate recurrente plantear si la escuela y las universidades deberían servir a los propósitos del mercado laboral o centrarse en el conocimiento por el simple placer del saber, yo creo que esa discusión estaba decidida antes siquiera de comenzarla. La educación, pública o no, está ya enteramente sometida a los deseos de la rueda capitalista, igual que el resto de aspectos de nuestras vidas.


El trabajo es un mal “necesario”, y empleo comillas porque el concepto de trabajo asalariado, para otros, es una necesidad que hemos creado de forma artificial. El único trabajo que realmente nos es imprescindible es el que nos ayuda a alimentarnos para poder cumplir nuestras funciones vitales, sin embargo hemos organizado una sociedad que, si bien tiene grandes ventajas de cara a la seguridad y el disfrute, también tiene grandes desventajas. Pasamos nuestras horas frente a un ordenador para organizar tareas que han surgido de este sistema y obtenemos nuestra comida de los supermercados y nuestro cobijo de los rentistas.


La economía en la que vivimos y para la que producimos es un invento moderno, el dinero no existe y, por mucho que la teoría del capital sostenga que los mercados se regulan solos, no lo hacen. La inflación no es un producto natural de la moneda y está controlada por los gobiernos, por eso fue moderada en los momentos posteriores a la pandemia. Sin embargo, no deja de ser un elemento que, para ciertos grupos, puede ser positivo, sin ella el equilibrio se pierde. Por desgracia, esto supone un problema para nuestros bolsillos. Los salarios no suben con los precios y, en momentos como los que atravesamos hoy en día, con una nueva guerra fría con escenario en Oriente Medio, puede suponer un problema muy grave para las economías de muchas familias trabajadoras.


Se nos muestra el trabajo como un derecho, pero a los derechos podemos renunciar. Cuando no tenemos la oportunidad de elegir un puesto que se adecúe a nosotros y no nos drene la energía, ya sea por falta de los mismos o por imposibilidad vital, no estamos hablando de un derecho, sino de una obligación. Cuando ni siquiera puedes permitirte cuidar de tu salud, física o mental, ni puedes dejar un empleo que te causa problemas y el que no estás cómodo y tomarte el tiempo de encontrar uno diferente o mejor, estamos hablando directamente de una forma de abuso perpetrada por el sistema.


Al final es este mismo sistema el que nos empuja, como decíamos antes, desde que comenzamos en la educación reglada. Nos dicen que el trabajo dignifica, que nos hará libres y que encontraremos una vocación a la que dedicarnos que nos llene y nos ayude a realizarnos como seres humanos. No es que no mientan, es que a ellos también los han engañado. Todo en nuestro sistema socioeconómico está enfocado a lo que coloquialmente conocemos como “la carrera de la rata”. Nos preparamos para trabajar en una rueda en la que corremos, en principio para subir más alto en una supuesta escalera corporativa, pero que en realidad siempre nos deja en el mismo lugar: agotados y malvendiendo nuestras neuronas.


¿Por qué seguimos en esto entonces si es tan obvio? Somos simios sobre-optimistas, creemos que esa historia maravillosa de superación que le sucedió a fulanito, que su familia no tenía nada y ahora él ha alcanzado un patrimonio de varios millones, nos puede suceder a nosotros. Quizás esa no ha sido siempre la narrativa en España, pero desde la globalización y la aparición de las redes sociales, todos admiramos al mismo plantel de multimillonarios.


Con todo esto, cuando alguno de los trabajadores rasos consigue pasar al escalón superior, podemos encontrar dos tipos de personas. La primera es la persona que todos aspiramos a ser, empática y dispuesta a proteger a quienes quedan por debajo de todos los abusos que sufrieron. La segunda, sin embargo, es lo opuesto. Si hubo abusos, no solo los perpetuará sino que los duplicará, porque, si fue capaz de aguantarlos, el resto también, en una suerte de venganza que le permite desquitarse, pero no hacer justicia social. Por desgracia, el dicho popular, y es popular por algo, nos dice “no sirvas a quien sirvió y no ames a quien amó”, así que ya podemos imaginar cuál de estos dos perfiles es más común.


La elección de estos trabajadores para su ascenso no es baladí, llevamos viéndolo mucho tiempo. Esta fue la técnica empleada en los gulags rusos, dando poder de guardias a ciertos presos y también lo fue en los campos de concentración de la Alemania nazi, donde está registrado que los presos seleccionados para mantener el orden cometían más tropelías contra sus congéneres que los propios soldados del Reich. El trauma es un poderoso aliado del sistema esclavista y se perpetúa por muchos caminos.


Es complicado elegir algo que no sea participar de este proceso. Nacemos inmersos en él, no tenemos elección, ni siquiera en la democracia europea en la que vivimos. Nosotros votamos, pero no elegimos medidas, elegimos un partido como quien anima a un equipo de fútbol, que promete ganar un trofeo, pero nunca pasan de la primera eliminatoria. Cuando en las cámaras legislativas toca ponerse serio y defender las medidas del programa electoral, todos pasan de jugar en primera división a convertirse en un equipo regional. Todo son excusas, siempre hay algo más urgente o más importante que garantizar el pan y el derecho al descanso de sus propios ciudadanos. No importa el color del logo del partido, al final todos están más preocupados del sonido de las monedas en sus bolsillos que de cumplir el propósito del culmen de su sector económico, el sector servicios.


Es quizás esto el quid de la cuestión. Nuestros políticos no dejan de ser esos sonderkommando que han trepado hasta el penúltimo escalón. Cuando asumen el poder se desvinculan de la realidad de los de abajo y comienzan a administrar a su propio favor y a tratarnos como un activo en lugar de como seres humanos. Y, nosotros, los humanos rasos, los que necesitamos vivir de la potencia de nuestro trabajo, engañados por el espejismo de la libre elección de nuestros gobernantes entre el supuesto pueblo llano, acatamos sus dictados. Nunca abolimos la esclavitud, solo encontramos otro modo de perpetrarla, más efectivo, más eficiente y sostenido por los propios esclavos.


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